«Este año no me he enfermado ni una vez». Y antes de terminar la frase, ya estás tocando la mesa. Nadie te lo enseñó en una clase. Lo aprendiste viendo a otros. Y lo haces aunque te consideres una persona racional.
En pocas palabras
- Nadie sabe con seguridad de dónde viene tocar madera.
- Hay tres historias: árboles con espíritus, la cruz de Cristo y un juego de niños. Cada una explica algo distinto que buscamos con el gesto: dar las gracias, pedir protección y sentirnos a salvo.
- Hoy casi siempre lo hacemos riendo. Pero sigue sirviendo para lo mismo.
Lo que haces sin pensar
Dices algo optimista, o presumido. Y enseguida tocas algo de madera: la mesa, el marco de la puerta, a veces tu propia cabeza, en broma. A veces una vez, a veces tres. Alguien más te grita «¡toca madera!» si se te olvida. Dura un segundo, y casi nadie se detiene a explicarlo.
Antes del gesto: la frase que da miedo terminar
Para entender el gesto hay que mirar lo que pasa justo antes. Dices en voz alta algo bueno que te está pasando. «Todo va muy bien». «Ya casi termino». Y sientes un escalofrío chiquito, como si acabaras de enseñarle a la suerte lo que tienes.
Casi todos lo hemos sentido. Hay una idea muy vieja detrás: lo bueno es frágil, y decirlo en voz alta lo expone. «No lo tientes», dice la gente. Es el momento en que, sin darte cuenta, se te escapa la mano hacia la mesa.
Esa frase pide una salida. La pregunta es de dónde salió la salida.
Tres sospechosos, tres respuestas
La respuesta honesta es que nadie lo sabe con seguridad. Lo poco que está firme es esto. En inglés, touch wood se usa en Gran Bretaña desde al menos el siglo XIX. Knock on wood es la versión de Estados Unidos, de principios del siglo XX. Del origen real no hay registro.
Así que hay que hacer lo que hacen los detectives cuando no hay pruebas: mirar a los sospechosos. Y lo más curioso es que cada uno responde a una necesidad distinta.
Sospechoso número uno: los árboles con espíritus. Lo que busca: dar las gracias. Es la historia más repetida. Dice que los celtas creían que en los árboles vivían espíritus o dioses. Al tocar la madera, les pedías protección. O les dabas las gracias por una buena suerte. Es una historia bonita. El problema es que casi nunca se cita un texto antiguo que la pruebe.
Sospechoso número dos: la cruz. Lo que busca: protección. Otros la unen a la madera de la cruz de Cristo. Para los cristianos, esa madera protege. Tocar madera sería tocar algo sagrado, y quedar bajo su cuidado.
Sospechoso número tres: un juego de niños. Lo que busca: estar a salvo. Este es el más sorprendente. El investigador del folclore Steve Roud propone algo mucho más sencillo. En el siglo XIX había un juego, Tiggy Touchwood, parecido a «las traes». Imagina a un grupo de niños corriendo. Al que alcanzan, le toca perseguir a los demás. Pero hay una regla: si tocas un pedazo de madera, estás a salvo. Nadie te puede atrapar.
Roud cree que de ahí viene el gesto. Y que de adultos seguimos haciendo lo mismo que de niños: corremos de la mala suerte, y tocamos madera para que no nos atrape. No cree las otras dos historias, porque no hay pruebas. Aunque su idea tampoco explica por qué se eligió la madera. Tal vez nunca lo sepamos.
Fíjate en lo que tienen en común. Los tres sospechosos no se ponen de acuerdo en el origen, pero hablan de lo mismo: dar las gracias, pedir protección y sentirse a salvo. Y esas son justo las tres cosas que sentimos cuando acabamos de decir algo bueno en voz alta.
El mismo gesto, en otros lugares
Tocar madera no es solo cosa de México o de Gran Bretaña. En Italia se dice «toccare ferro», que es tocar hierro. Y se cuenta que en Turquía se jala una oreja y se toca madera dos veces para espantar el mal de ojo. Cambian el material y el detalle. Pero en todas partes alguien necesita hacer algo con la mano después de decir algo bueno.
Por qué lo seguimos haciendo
Vuelve a la frase del principio: «este año no me he enfermado ni una vez». Ahora sabes qué pasa cuando tocas la mesa.
Primero, admites algo verdadero. Parte de lo bueno que te pasa no depende solo de ti. Tocar madera es una manera de decirlo sin miedo: lo sé, tuve suerte. Es humildad, aunque se vea como superstición.
Segundo, le das una salida al cuerpo. Cuando algo te preocupa y no puedes controlarlo, la mente da vueltas. Tocar algo sólido le da algo que hacer a la mano. Es un ancla: el nervio se queda en la mesa y no en tu cabeza.
Y tercero, eliges algo firme. Una mesa, una puerta, una banca. La madera sostiene tu taza, cierra tu casa, aguanta tu peso. Es lo que no se mueve. Si vas a pedirle algo a la suerte, mejor hacerlo sobre algo que aguanta.
Así que el gesto es una pequeña ceremonia de tres pasos: dices algo, sientes miedo y lo sueltas sobre algo firme. Dura un segundo, pero hace lo que hace cualquier ritual: convierte una inquietud en un acto.
Lo que se nos fue perdiendo
Lo hacemos riendo, con un «yo no soy supersticioso, pero...». Esa frase vacía el gesto. Lo convierte en tic.
Conservamos el movimiento y perdimos las gracias. Hace falta recordar que, cuando tocas madera, estás diciendo algo más que «ojalá no me pase nada». Estás reconociendo que te pasó algo bueno.
Cómo recuperarlo hoy
Cada una de las tres historias te da un uso. Elige el que necesites:
- Para dar las gracias. Cuando algo salga bien, toca madera y di «gracias». Ya no espantas lo malo. Reconoces lo bueno.
- Para pedir protección. Antes de algo importante, toca una madera de verdad: un árbol, una puerta vieja, una banca del parque. Sentir la textura te trae al presente.
- Para sentirte a salvo. Si estás nervioso por algo que no controlas, toca madera, respira una vez y suelta. Como la base de un juego: ahí nadie te atrapa.
Sea cual sea su origen, el gesto nos recuerda algo útil. La suerte existe, no la controlamos, y es mejor tener un pequeño ritual para reconocerlo que fingir que todo depende de nosotros.
Fuentes y lecturas
- Evan Andrews (2016), «Why do people knock on wood for luck?», History.com. https://www.history.com/news/why-do-people-knock-on-wood-for-luck
- «Knocking on wood», Wikipedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Knocking_on_wood
- Steve Roud (2010), The Lore of the Playground: One Hundred Years of Children's Games, Rhymes and Traditions. Random House.